Libro 1: Donde el Ruido se hace Silencio. Página 2


A mitad del camino, una pequeña piedra golpeó suavemente su zapato de cuero. Kaelia suspiró sin levantar la vista. Sabía quién era. Joel, un muchacho de ojos brillantes y una energía que rozaba lo caricaturesco, apareció saltando desde una cerca de madera. Durante meses, su interacción se basaba en eso: él escondiendo sus lápices, él imitando el vuelo de los pájaros para distraerla de sus lecturas, o él gritando bromas inocentes desde la distancia que lograban sacarla de su ensimismamiento, aunque fuera por un segundo de irritación. —¡Cuidado, Kaelia! Dicen que si lees tanto, las letras se escaparán de las páginas y te morderán la nariz —exclamó Joel con una sonrisa de lado, haciendo gestos exagerados con las manos como si atrapara mariposas invisibles. Kaelia solo apretó sus libros contra el pecho y apresuró el paso. Para ella, Joel era solo otro ruido en su mundo ruidoso, una distracción innecesaria en una vida que ya le exigía demasiado. Lo que no sabía era que, bajo esa fachada de bromista del pueblo, Joel la observaba con una atención que nadie más le dedicaba. Él veía cómo sus hombros se hundían bajo el peso de su mochila y cómo su mirada se perdía en el horizonte buscando algo que no fuera una calificación o una orden. El ambiente del pueblo, con sus molinos de viento y carruajes, parecía detenerse cada vez que él intentaba, a su manera, robarle una sonrisa.