El cambio ocurrió un martes por la tarde, bajo la sombra de un roble centenario que parecía haber salido de un cuento ilustrado. Kaelia estaba sentada en la raíz del árbol, con una pluma en la mano y el ceño fruncido sobre un pergamino. Esperaba la broma habitual, el susto o la risa, pero solo hubo silencio. Levantó la vista y encontró a Joel parado a pocos metros, pero esta vez su postura era distinta. No había saltos ni muecas. Sus manos estaban tranquilamente entrelazadas tras su espalda y su mirada era serena, casi solemne. —Buenas tardes, Kaelia —dijo Joel con una voz profunda y formal que ella nunca había escuchado—. Me preguntaba si me permitirías acompañarte en silencio. Parece que hoy el mundo pesa un poco más de lo habitual para ti. Kaelia se quedó atónita. El chico que solía imitar gallinas para hacerla reír se había transformado en un joven de una madurez inesperada. Desde ese día, las bromas cesaron. Comenzaron a hablar, primero de cosas triviales como el aroma del café recién tostado en la plaza, y luego de sus sueños más profundos. Joel le hablaba de las estrellas como si fueran linternas colgadas por gigantes, y Kaelia, por primera vez en su vida, sintió que alguien no solo la escuchaba, sino que la comprendía sin juzgarla.