Libro 1: Donde el Ruido se hace Silencio Cap.2 Pag. 4


Joel se convirtió en su protector silencioso. Si alguien en el mercado caminaba demasiado cerca de ella de forma brusca, él se interponía con naturalidad. Si el viento soplaba con demasiada fuerza, él se aseguraba de que ella estuviera protegida. No era una protección opresiva, sino un refugio. Él quería que ella fuera feliz, que sus ojos volvieran a brillar como las ilustraciones de los libros de fantasía que ella tanto amaba. A menudo, el entorno parecía reaccionar a sus sentimientos: cuando reían juntos, las flores parecían abrirse un poco más y los colores del campo se volvían más vibrantes, casi mágicos. Pasaron los meses y la cercanía se volvió una necesidad vital. Sin embargo, nunca hablaron de ser "algo más". El concepto de pareja parecía demasiado pequeño para la conexión que estaban construyendo. Vivían en su propio microcosmos, ignorando las presiones de los maestros y la indiferencia de la familia de ella. Hasta que una noche, frente al lago cristalino del pueblo, el aire se sintió diferente. No hubo una propuesta tradicional de rodillas. Ambos se miraron a los ojos y, como si una fuerza invisible los coordinara, las palabras salieron de sus labios al mismo tiempo, en un susurro unísono: "Quiero que seas mi vida entera". Fue un pacto mutuo, una entrega justa donde ninguno pidió y ambos dieron todo. En ese instante, el mundo exterior desapareció; solo existían Kaelia y Joel, prometiéndose vivir cada aventura, cada alegría y cada tristeza juntos, hasta que el último aliento los reclamara.