La vida como pareja oficial transformó su realidad en una serie de aventuras inocentes. Se escapaban a las colinas para ver cómo el sol se ocultaba, imaginando que eran los únicos habitantes de un reino lejano donde las leyes de los adultos no existían. La estabilidad de sus vidas les permitía soñar despiertos, creando un lenguaje propio de miradas y gestos que nadie más podía descifrar. Pero el mundo real siempre intentaba imponer sus reglas: la escuela exigía puntualidad y las familias exigían obediencia. Un viernes, el cielo se tornó de un gris metálico y las nubes comenzaron a rugir con una ferocidad inusual. Los maestros ordenaron a todos resguardarse y las familias cerraron sus pesadas puertas de madera, temiendo la tormenta que se avecinaba. Pero Joel y Kaelia, en un acto de rebeldía pura y casi infantil, se encontraron en el patio central del instituto mientras los demás corrían a esconderse. Las gotas empezaron a caer, gruesas y frías, empapando sus ropas de algodón y lino en cuestión de segundos. —¡Están locos! ¡Entren ahora mismo! —gritaban desde las ventanas, pero Joel solo extendió su mano hacia Kaelia...