Libro 1: Donde el Ruido se hace Silencio Cap.3 Pag. 6


Ella la tomó con fuerza, sintiendo la calidez de su palma contra la suya a pesar del frío de la lluvia. Empezaron a correr y a girar en medio del aguacero, riendo a carcajadas mientras el agua borraba el rastro de sus lágrimas de estrés acumulado durante años. Para ellos, la lluvia no era un peligro, era una bendición que limpiaba todas las expectativas ajenas. Se sentían protagonistas de una caricatura llena de vida, donde cada salto en un charco enviaba chispas de alegría al aire. Los rayos iluminaban el cielo, mostrando por breves segundos sus rostros empapados de una felicidad absoluta e imperturbable. Finalmente, se detuvieron bajo el arco de piedra de la entrada vieja, protegidos a medias por el relieve, pero aún rodeados por el estruendo del agua cayendo. Se miraron, respirando agitados, con el corazón latiendo al ritmo de los truenos. El mundo entero los observaba con desaprobación desde las sombras, pero para ellos, ese era el momento más limpio y honesto de sus vidas. Lentamente, Joel acortó la distancia, y Kaelia cerró los ojos, dejando que el aroma a tierra mojada lo inundara todo. Sus labios se encontraron en un beso corto, un roce tierno y eléctrico —su primer beso de "pico"— justo cuando un relámpago cegador iluminó el pueblo por completo. El contacto fue breve, pero marcó el fin de una era y el comienzo de otra. Al separarse, el suspenso flotaba en el aire tan denso como la humedad.

Continuará...