Kaelia caminaba por el sendero de tierra rojiza que conectaba su casa con el viejo instituto del pueblo, cargando una pila de libros que se sentían más pesados que las piedras del río. El sol apenas comenzaba a filtrarse entre las copas de los sauces llorones, pero en la mente de Kaelia ya era medianoche. En su hogar, el aire siempre estaba saturado de una tensión silenciosa; las voces de su familia, aunque sin nombres para ella en su propio mundo interno, eran ecos constantes de exigencias y desdén. "Estudia más", "Sé útil", "No entendemos por qué siempre estás cansada", decían aquellas figuras que compartían su mesa pero no su alma. Ella vivía en una época de tinteros, cartas escritas a mano y relojes de bolsillo que marcaban un tiempo lento, pero su estrés corría a una velocidad frenética. La estabilidad económica de su hogar le permitía tener vestidos de lino limpio y una despensa llena, pero carecía del calor que el dinero no puede comprar. Para Kaelia, el mundo era una acuarela descolorida por la obligación, un ciclo infinito de fórmulas matemáticas y expectativas ajenas que la hacían sentir como una extraña en su propia piel, a tan solo unos meses de alcanzar la mayoría de edad y la libertad que tanto temía y deseaba.